El cocodrilo Tolilo

El cocodrilo Tolilo

En una enorme laguna del centro de África vivía un cocodrilo que tenía unos dientes muy, muy grandes. Se los cepillaba tres veces al día y nunca faltaba a la revisión del dentista, por eso, presumía de la dentadura más fuerte y sana de toda la charca.

Léelo en versión ilustrada

Un día apareció en la laguna un objeto extraño, era blanco y brillante y tenía forma cuadrada. Nadie se atrevía a tocarlo, hasta que llegó el cocodrilo Tolilo y dijo: yo averiguaré qué es, de un solo mordisco.

Y abrió su bocaza para dar un enorme bocado. Pero, ¡catacraaaaaack! el objeto en cuestión era una antigua lavadora que alguien, muy poco cívico, había lanzado al lago. Y claro, ni siquiera los dientes de Tolilo pudieron con un material tan duro.

No le quedó entero ni uno solo de sus 80 dientes.

Tolilo se fue corriendo al dentista para ver si podía curarle la boca, pero los dientes son pequeñas joyitas que no se pueden recuperar tan fácilmente. Su amiga la dentista Florinda le dijo: solo puedo hacerte una dentadura postiza, pero tardaré más de un mes, porque tienes muchos dientes. Hasta entonces, tendrás que comer solo cosas blanditas, como purés y sopitas.

Tolilo lloró y lloró. Y siguió llorando, hasta que el ruido de su estómago fue más fuerte que el de su llanto. Así que, dejó de llorar y se puso a pensar, que es mucho más efectivo.

¡Tenía mucha hambre! Primero probó una sopita de pescado, luego una crema de calabacín y sí, no estaba mal, pero no le llenaba bastante. No sé rindió y siguió buscando soluciones, aunque para eso, tuvo que llegar a la región de Flucután. Allí descubrió un alimento que nunca antes había probado: los helados.

Brillantes, de colores, dulces y sabrosos, refrescantes y de muchos sabores. Se zampó más de 30 en un momento y, por fin, en mucho tiempo, se quedó saciado.

Se compró una máquina de hacer helados y se volvió a su casa. Tenía una idea súper genial.

Iba a fabricar sus propios helados. Pero no os penséis que eran helados de fresa, limón o chocolate solamente,… sus helados eran muy especiales. Helado de lentejas, de hamburguesa con queso, de pescado al horno, de bocata de chorizo… cualquier sabor era posible con la máquina de Tolilo.

Todas las comidas que echaba de menos las convirtió en un sabroso helado y se los comía tan a gusto que pensó que a sus amigos también les encantaría probarlos.

Por eso, más feliz que una perdiz, se colocó en el centro de su laguna con un cartel que decía:

Se venden helados de tu sabor favorito

Y se hizo tan famoso que desde todas las partes del mundo venían a pedir helados diferentes y personalizados. Pronto todos olvidaron que no tenía dientes, ni él mismo se acordó de ir a recoger su dentadura postiza, porque ya no le hacía falta.

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